viernes, 13 de febrero de 2009

El fútbol palenquero: expresión de absoluta libertad


San Basilio de Palenque suele ser sinónimo de Kid Pambelé, el campeón mundial de boxeo, cuya notoriedad facilitó la llegada de la luz eléctrica al lugar que lo vio nacer. Sus proezas y sus logros, no los borra ni el tiempo ni sus escándalos producto de la bruma del exceso que trae de la noche a la mañana el buen vivir. Recientemente se construyó un coliseo en el colegio, con el objeto de promover nuevos talentos y éxitos como fueron en su momento los de Kid Pambelé y los hermanos Cardona.

Aun se ven niños que practican golpes y defensas al caminar. De madrugada es posible observar un joven aplicado, que lanza golpes de suerte al destino, mientras los gallos apenas inician los cantos de un nuevo día. Se conocen personajes que refieren sus experiencias en el ring y lamentan que lo único a lo que se le pone atención es al fútbol. Como en todo el país.

De manera religiosa, a eso de las cinco de la tarde, se observan hombres que caminan con zapatos en la mano. El trabajo en el monte de la mañana y el abrumador calor del medio día, tienen su recompensa en la tarde de fútbol en el campo de fútbol. La cancha, se encuentra vecina al cementerio y recientemente empieza a estar rodeada por casas de bahareque llamadas “la invasión”. Efectivamente no hay gramado. Se trata de un polvero irregular, con dos arcos en los extremos, cuyas líneas laterales son por un lado una cerca de púas y por otro un barranco. El balón rebota ante los designios caprichosos de las grietas de barro.

Allí se dan cita todas las tardes personajes variados, tanto así como sus apodos. El Gusano, Kin, Nene, Niño, Masacre, Palomo, Joao, organizados en equipos ancestralmente establecidos. Unos juegan descalzos, otros con un pie en un guayo y el otro a pata pelada, algunos otros calzados. Un forastero como yo, foco de miradas curiosas y apelativos diversos, que van desde lo argentino hasta lo cachaco, puede ser bautizado desde el genérico parce, hasta el reciente Sherman o el insólito remoquete de Copérnico.

A falta de un árbitro se cuentan con 22 referees, más los suplentes y espectadores ocasionales. No se pita una sola falta, tan solo las manos. Las jugadas de penales son resueltas con la salomónica decisión de decretar un tiro de esquina. El primer equipo en recibir gol se encuentra condenado a jugar sin camiseta, hecho que evidentemente facilita la distinción entre el equipo rival y el propio. Siluetas negras y fibrosas, corren tras un balón, olvidando todo y venciendo el polvo. 

El sol empieza a caer agónicamente, un atardecer digno de una foto, pero el ritmo de juego no lo permite. Los partidos suelen terminar apretados y el equipo acosado, empieza a decir que ya no se ve. La luz se esconde, el partido fenece y los alegatos irrumpen. Gritos, reclamos y puyas, que agonizan mientras cada quien camina junto, para pronto partir caminos rumbo al baño.

El fútbol palenquero es la expresión misma de absoluta libertad. Expresión de la esencia misma del pueblo palenquero, eternizado con la frase de ser “el primer pueblo libre de América”, gracias a la huida y emancipación del negro cimarrón Benkos (Domingo) Biohó. Así como el fútbol palenquero no requiere de un árbitro, el pueblo no necesita ni cuenta con un puesto de policía. Un ejemplo de libertad absoluta, que para mis tobillos, brazos y piernas en ocasiones resultó algo extremo.

nicolas08@gmail.com

 

 

 

miércoles, 11 de febrero de 2009

Lolita y Timmy


Como sucede con los seres que se quieren y con los que se convive, la distancia empieza a borrar sus rasgos, voces y olores. La memoria se aferra a los recuerdos de lo cotidiano, aquellos que a ratos parecen tan comunes y corrientes, pero que en otros parajes se vuelven incomparables.

Por vez primera me separé de Lolita. Ya son casi veinte días. Siempre estuve a su lado, desde el momento en que la separamos de su madre para que compartiera nuestra rutina, pendiente de ella y cobijándola con una compañía paternal, humana y protectora. En la distancia extraño sus volteadas de cabeza, sus ladridos y locuras. Me aferro a los recuerdos, pero la extraño.

Y de la experiencia en la distancia, en San Basilio de Palenque, lo que evidencio son diferencias y comparaciones. Así como no es igual la crianza y el trato hacia los niños, crecidos de forma silvestre y autónoma, caso similar sucede con los perros. En casa de nuestros anfitriones se encontraba Timmy, un canino negro, flaco y simpático, protector ruidoso frente a la puerta de la casa.

Timmy está pelado, llevao, como quien dice. “Por andar echao en la ceniza”, es el dictamen de su condición. Pese a toda curación casera, Timmy mantiene su costumbre de refrescar su flacura en la ceniza de un fogón, mientras sus raspones y peladuras se eternizan en su cuero. Los cariños que recibe varían entre los restos de comida del cual es el primer beneficiario, por encima del gato Miaú, quien es catalogado como un “flojazo”e incluso un “maricón”. A los sobrados, se le suman uno que otro grito, “oiga!”, cuando su ladrido guardián se torna molesto.

Timmy y Lolita tienen poco en común. Tal vez lo único sea su destino canino. Por fortuna Timmy se encuentra por encima, en la escala de importancia, sobre Miau y sobre los cerdos, protagonistas de recorridos diarios en busca de aspirar cualquier alimento que se asome en medio del polvo palenquero. Hasta pronto Timmy. Ya nos vemos Lolis.

Foto: Silueta de Timmy en noche de velorio en Palenque, febrero, 2009.

sábado, 31 de enero de 2009

Los corregimientos de Colombia


El fogón prende de manera espontánea. Se prepara arroz con pollo, similar a una olla comunitaria que hierve con comentarios, chistes y bromas. La comida reúne y regocija. El caldero se instala en los patios o a la orilla de ríos o arroyos. El paseo de olla es un arte que manejan como nadie los jóvenes de los corregimientos de Colombia. Ya quisiera ver uno a jóvenes urbanos, talentosos con lo electrónico, pero inciertos a la hora de prender un fogón de leña.

El arroz con pollo, atizado con la chispa de la leña, es tan sólo un elemento más que tienen en común los corregimientos de Colombia. Ubicados en la última escala del ordenamiento territorial, son una especie de hijos de segunda categoría de las cabeceras municipales, vástagos huérfanos frente a la administración regional y retoños no reconocidos por el poder nacional. En el pasado y en el presente, he tenido la oportunidad de visitar corregimientos de la Costa Caribe colombiana. Todos ellos comparten la alegría de sus pobladores, quienes apegados a su terruño superan cuánta dificultad depara la existencia material.

El primer aspecto en común es el de estar articulados por calles polvorientas e irregulares. Solares amplios donde se cuelga la ropa, se crían animales y se siembra pan coger. El sueño del pavimento puede llevar indefectiblemente al traslado de los males de las ciudades de concreto a ambientes apacibles y poco intervenidos por la mano arrasadora del desarrollo. De lo que sí no hay duda es de que al menos las vías de acceso deben garantizar el tránsito más allá de épocas de sequías y lluvias, que permitan el ingreso de productos y la conexión con el mundo exterior. No es el caso de muchos corregimientos e incluso municipios, aislados de la codicia exterior, pero también de los beneficios que trae consigo la articulación con los mercados regionales.

Este es el caso de Flores de María, corregimiento del municipio de Sabanas de San Ángel, clavado en las montañas del Magdalena. Pese a ser la tierra del legendario Juancho Polo Valencia y de su renombre por la dolorosa melodía de Alicia Dorada, Flores se mantiene similar a como la dejó Juancho Polo. Aislada y enclaustrada en sí misma, lejana y a la vez místicamente famosa.

La violencia, viva en cada esquina colombiana, se hace latente en los corregimientos de Colombia. No por voluntad de sus habitantes, sino por la incursión de unos y otros, movidos por la sed de tierras, recursos y control a sangre y fuego. Escenarios donde la violencia se ha desatado con la máscara horripilante de las masacres y los desplazamientos. Incluso algunos tan aislados, por fortuna, que ni la violencia llega. He ahí, otro aspecto común.

Y la precariedad. No sólo de las vías, callejones polvorientos e irregulares. También por los servicios intermitentes y caprichosos de agua y luz, la ausencia en ocasiones del gas natural, la nula disposición planificada de las basuras, la inexistencia de un alcantarillado, una educación sometida a las calenturas del trópico, un sistema de salud subordinado a la dinámica de los clientes cuyos derechos se suelen respetar muchas veces mediante las acciones de tutela. Una realidad que se asoma lejana a la hora de soñar con que el retrete no necesite de un baldado y permita tirar de la cisterna, abandonar la totuma y pasar a la ducha. Por fortuna, siempre está cerca un río o un arroyo, lugar que garantiza el agua y que no facilita entender porque resulta necesario pagar por “una agua que siempre ha estado ahí”. Lógicas encontradas.

Eso sí, las antenas de celular brotan como maleza, aseguran el negocio hasta en el rincón más escondido de la geografía nacional y demuestran que las fuerzas del mercado todo lo pueden. Y la esperanza. La esperanza del destete y la municipalización. La expectativa de administrar los recursos, de los males que desaparecen y de las necesidades que se atienden.

Es el caso de Flores de María, así como el de Mingueo (corregimiento de Dibulla, La Guajira), cuyas condiciones no difieren mucho, aun a pesar de estar atravesado por la troncal del Caribe. El de Palenque de San Basilio, patrimonio inmaterial de la humanidad, famoso y pujante, digno de admiración. Sin embargo, igual de quedado en materia de infraestructura como la cabecera ubicada en Mahates, Bolívar. Si la cabecera está en lo mínimo, ¿qué esperar frente a sus corregimientos? Es el caso de muchos corregimientos, pese a todo ello, unos y otros bailan al caminar, cantan al hablar, gozan con lo elemental.

Los corregimientos de Colombia encarnan esa realidad que para algunos se ubica en lo premoderno, pero que tienen su propia dinámica, colmada de virtudes y plagada de necesidades. Exigen una atención que a partir de la comprensión de su lógica permita un avance autónomo y acorde a las realidades locales. ¿Será el fomento de la cultura del pago en los servicios públicos, la pavimentación o la municipalización, la solución? Sospecho que tal vez no…

Por Nicolás Cárdenas Angel

miércoles, 21 de enero de 2009

Una burla a la libertad


Parecía un chiste de mal gusto. Una de aquellas bromas que luego de ser contada no genera más sino hastío y censura por parte de la audiencia. O parecía, en su defecto, una de las muchas ironías del mundo real. El pasado 13 de enero el presidente saliente de los Estados Unidos, George W. Bush, impuso la “Medalla de la Libertad”, a su principal aliado en Latinoamérica, el presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez.

¿De la Libertad? ¿De Bush a Uribe? De una parte aquel considerado como el peor presidente de la historia norteamericana, protagonista de múltiples burradas, de invasiones con excusas inventadas y de una incapacidad visible en sus ojos torpes y faltos de chispa. De otra parte, el adalid de la seguridad democrática, el mesías obsesionado en silencio con la reelección, quien considera a la oposición como terrorista y quien tuvo éxito al vender la fórmula de la guerra por encima de siquiera tener una disposición al diálogo. Las cosas que hay que ver.

Para rematar, dijo Bush, que gracias a Uribe Colombia evitó “convertirse en un Estado narco”. ¡Las ironías de la vida! Como cuando Uribe, a propósito de las pirámides que ofrecían el dinero fácil ante un empleo escaso y una paga paupérrima, declaró que había que “erradicar la cultura mafiosa en el país”. ¿Y en dónde estamos? En un Estado atrapado en las garras de los grupos paramilitares, con alianzas sabidas con el ejército y la policía, con un presidente que busca la reelección a cambio de dádivas y presiones, con una guerrilla atontada con el negocio del narcotráfico, con una población que todo lo aguanta y que pesca donde puede.

¿Y ahora le otorgan la medalla de la libertad? La misma libertad que encontraron los desaparecidos de Soacha, o los secuestrados que aun permanecen en el monte, o los desplazados encarcelados en las calles urbanas con carteles al cuello que piden ayuda. O la de los recientes allanamientos a centros culturales tachados de focos de formación insurgente.

Por fortuna, Bush parece ser cosa del pasado. Vivimos en la era del contraste de un negro, de herencia y de nombre africano y musulmán, ahora instalado en la Casa Blanca. Decía una voz fraterna que en ocasiones, personajes como Bush, logran acelerar procesos de cambio. Su obsesión antiterrorista logró la elección de un demócrata afroamericano, quien se asoma como una pizca de esperanza en mundo convulsionado. Y por fortuna, también, en su discurso de posesión no se pronunció la palabra terrorismo y por el contrario se reconoció que “esta crisis nos ha recordado a todos que sin vigilancia, el mercado puede descontrolarse y que una nación no puede prosperar durante mucho tiempo si favorece sólo a los ricos”. Ojala algo haya escuchado Uribe, con José Obdulio a la cabeza.

Quien sabe si estos ocho años de seguridad democrática sean suficientes para acelerar procesos en Colombia. Tal vez se necesitan más, o de no, será “la hecatombe”, tal y como lo anunció la mismísima voz profética del presidente. Ojala no sea necesario que pase tanto tiempo para que Colombia deje de ser el hijo bobo y lambón de Estados Unidos, para pasar a ser un adulto soberano y autónomo, quien tenga las riendas de su propio destino. Al menos, la figura paternal ha cambiado. Ya veremos que nos depara nuestra suerte como colombianos.

Sabía usted que...

...el pasado viernes 16 de enero, funcionarios del DAS cobijados bajo una orden de allanamiento proferida por la Fiscal 304, incursionaron en el edificio ubicado en la Av Calle 32 No. 13 – 45 en la ciudad de Bogotá. La orden estaba justificada por la búsqueda de explosivos que iban a ser usados por las FARC en posibles atentados en la capital. Lo que allí funciona en realidad son centros culturales, como El Salmón (piso 2) y Piso Tr3s, lugares de encuentro cultural de jóvenes capitalinos. Pues bien, los funcionarios entraron sin seguir las medidas establecidas, rompieron puertas y rejas, y destrozaron publicidad de protesta contra el gobierno. ¿Es esa la libertad? Ahora se entiende la Medalla otorgada por Bush al presidente Uribe.

Imagen tomada de: Bacteria, http://bacteriaopina.blogspot.com/

 

sábado, 10 de enero de 2009

Mata el alma y la envenena


 Vivimos en un mundo en el que nos han enseñado a creer en opuestos. En el bien y el mal, en el cielo y el infierno, en el amor y el odio, en lo negro y lo blanco. No se nos enseñó a amar sin ataduras, a hacerlo tan solo por la fortuna de conocer a ese otro, a esos otros. Por eso cuando amamos, exigimos, cuando odiamos, esperamos lo peor. Mejor sería no esperar nada, incluso, cuando se ama.

¿Qué decir frente al conflicto entre judíos y palestinos? ¿Es la arraigada costumbre de explicar todo a partir de opuestos la opción más clarificadora? Cuestión en suma delicada e incluso atrevida para un colombiano, de valores católicos poco reconocidos, pero en el fondo aceptados a regañadientes. Que los palestinos árabes habitan su territorio desde tiempos inmemoriales. Que los judíos, raza con tesón existencial y fervor religioso, capaz de sobreponerse a persecuciones por siempre y por muchos, tuvieron también su reino judío bajo David y Salomón. Que la situación actual es producto de la incapacidad de occidente por enfrentar el holocausto y por su costumbre poco sana de intervenir por doquier. Que los ingleses, luego de la ocupación en Palestina por 30 años y promesas de estados tanto a árabes como a judíos, se lavaron las manos y dejaron armado el chispero. Y que la situación fue heredada por unas Naciones Unidas recién creadas, que decidieron sin más ni más la división del territorio palestino en 1948. Uno judío y uno palestino, pero en la práctica un solo Estado, el de Israel.

La situación anterior, condimentada con fanatismos, armas y radicalismos, es el germen de la situación actual. El sionismo, de forma irónica y desfachatada, empieza a parecerse cada vez más a un nacionalsocialismo semita. El peligro que encarna siempre la creencia de ser un pueblo elegido. Históricamente, los judíos fueron perseguidos por romanos, cristianos cruzados y los tristemente célebres pogromos* en Europa. Por lo general cristianos, por lo general de occidente. Históricamente judíos y árabes tuvieron una relación amistosa, tolerante e incluso floreciente para unos y otros, como sucedió en la península Ibérica con los antepasados de los judíos sefardíes. Así que tenemos un conflicto televisivo en el oriente próximo (próximo a occidente) y producido en occidente. Una franja acosada, dividida y escenario de mutilaciones, justificadas bajo la imposible distinción entre lo militar y lo civil en un campo de refugiados. Israel tiene contra las cuerdas al pueblo palestino y a manera de un tanque de oxígeno, el radicalismo de Hamas se asoma como la única alternativa. ¿Morir luchando o vivir masacrado?

Así como no se nos enseñan las tonalidades grises que dividen al blanco y al negro, tampoco se no instruye en la tolerancia de quien nada espera. “O estás conmigo o estás contra mí”, hemos escuchado en boca de imbéciles imperiales y lacayos bananeros. La venganza. La venganza que invade y bombardea a ciegas por la (¿auto?) afrenta (¿inventada?) de tumbar unas torres gemelas, la venganza ciega y prepotente de la seguridad democrática contra todo lo que huela a terrorismo, la venganza de Israel por el llanto de sus muertos, la venganza árabe por los atropellos cometidos en Palestina. El derecho a la defensa justifica toda agresión, y así, el odio crece como una bola de nieve rumbo al abismo.

Decía de manera inocente el Chavo que “la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”. Imagínense envenenar algo que ya está muerto. En esa senda de quien odia esperando lo peor, nos encontramos. ¿Será posible vivir sin esperar nada a cambio? ¿Es esa la tolerancia o será ese el amor verdadero?

*Pogromo o pogrom, “Matanza y robo de gente indefensa por una multitud enfurecida” (DRAE), por lo general asociado a la persecución contra el pueblo judío.

Nicolás Cárdenas Angel

nicolas08@gmail.com

Caricatura tomada de Bacteria, http://bacteriaopina.blogspot.com/

lunes, 5 de enero de 2009

Se nos creció la enana





pubertad. (Del lat. pubertas, -ātis). f. Primera fase de la adolescencia, en la cual se producen las modificaciones propias del paso de la infancia a la edad adulta. DRAE.

Debo confesarlo. No es un tema fácil. Lo tengo atragantado desde el año pasado. Es difícil asumir que el tiempo pasa, los seres crecen y cambian. Entiendo a padres que temen por la salida del nido de sus hijos, seres autónomos a quienes se les ha seguido la pista desde la misma concepción.

Lolita crece. Físicamente su figura peluda se ha estirado, manteniendo un rostro que alegra y unos ojos que se esconden detrás de unos mechones desordenados. Hace tiempo ya, que se rebeló ante la dormida en su cama, antes confinada a un rincón al lado de la nevera. Ahora se pavonea por cuartos y sofás, camas, tapetes y baldosas refrescantes que le sirven de acomodo.

Su rutina ya no es la misma. Ha dejado de comer juiciosamente tres veces al día y ahora lo hace cuando su tiranía adolescente así lo determina, por lo general en las noches. Cosa nada rara en una púber. Al menos no contesta golpeado.

Nadie sigue siendo inocente tras sobrevivir a un diciembre. Lo absurdo y lo cotidiano se hacen evidentes. Y Lolita, cuya presencia implicó que como medida de precaución no se armara árbol de navidad, recibió su primer regalo. Cuidadosamente abrió su paquete y extrajo una jirafa de caucho.

 -“Ya me estaba asustando, pensé que iba a dar las gracias”, comentó uno de los presentes.

A su jirafa, Lolita la trata con sumo cuidado. Lejos de ser víctima de su acelere frenético y mordelón, la jirafa es víctima de jugueteos tiernos y fetichistas. Una adolescente embelezada con el objeto que le entretiene.

-¿Qué haces Lolita?

Un meneo descontrolado en la pierna del tío, sorprende.

-¿Lolita?

Dos patas blancas, se menean rítmicamente. No suena ninguna champeta, es más, en el televisor se asoman sin cansancio capítulos de Los Simpsons, en una maratón contra el tedio del año viejo que resiste hasta último momento.

-¿¿¿Lolitaaaa???

Miradas de sorpresa e inquietud.

-¿Lolita? Eh… ¿es eso normal? Yo pensé que solo los perritos meneaban sus partes…

 Y sí que lo es. Pese a mi ignorancia manifiesta, es normal. La experimentación con el propio cuerpo, la liberación femenina y masculina, la liberación canina, la liberación de Lolita. Toda una enseñanza, cuya evaluación aun no estoy seguro de aprobar.  


domingo, 28 de diciembre de 2008

Letargo decembrino o atolondramiento colectivo


“La piedra de diciembre es la turquesa y su flor, el narciso”.

Diciembre, en Wikipedia.

 ¿Cómo llamarlo? Es verdad que lo encierra en gran parte el consabido “feliz navidad y próspero año nuevo”. Pueblos del mundo, temporalizados en el calendario gregoriano, se rigen a través de siglos, años, meses y días, también cobijados bajo la expresión “por los siglos de los siglos”. Pueblos, quienes como el calendario, se hallan imbuidos en la religiosidad católica. Bajo ésta, al final de cada año, se conmemora el nacimiento del hijo de dios en la tierra y se celebra el cambio del ciclo anual. Allí, se experimenta, ¿cómo llamarlo?... un letargo decembrino o un atolondramiento navideño, la desaceleración del cierre de año.

Pues bien, existen distintas fases en este proceso de atolondramiento colectivo. Pasado el día de las brujas, aparece en escena un héroe cuyo poder radica en el saco de regalos que porta. Santa Claus, San Nicolás o Papá Noel, con su estómago henchido de gaseosa carbonatada, de barba y piel blanca como la nieve. Un santo mitificado comercialmente, quien ha logrado, sin marchas a favor o en contra, posicionarse en el lecho de nacimiento de Jesús. El niño dios, desplazado e incapaz de mutar en icono publicitario.

El calendario marca el inicio del último mes del año, diciembre. La ciudad se arropa con luces brillantes. Empieza la hipnosis rumbo al trueque navideño. El día de las velitas con agua de lluvia que es lo que hay. Los colegios en vacaciones y los centros comerciales en exámenes. Las  novenas que se rezan, que junto con el pesebre y los villancicos, son rezagos del fondo religioso del asunto. No me tocó ninguna novena en esta navidad, así que no sé si haya cambiado algo, si atraiga a los más jóvenes, si sea todavía el mecanismo más adecuado para celebrar en familia. Recuerdo que lo mejor era cuando se cantaba, ven ven.

La Navidad que se cierne sobre nosotros y ¡ay! de nosotros, aquellos quienes no contamos con la fortuna de compartirla con niños y niñas.  Esa, supongo, será otra navidad. También será la navidad angustiosa de los padres que buscan ser capaces de acomodarse en las ropas talla XXL de Santa. Navidades distintas, que en algo comparten el letargo del consumo inconciente, que proviene más del exterior, que de las ganas del dar por que nace dar.

Sin niños y sin pólvora es otro diciembre. La prohibición de la pólvora, dado los quemados cada diciembre, es evidencia de la incapacidad de celebrar. El fuego que quema o el fuego ritual que alegra. Eran diferentes aquellas navidades, con el cielo colmado de irresponsables voladores, pitos arbitrarios e inciertos globos. Ni siquiera chispitas.  

Y pasa la navidad y quién dijo miedo. Va como en contra de la corriente hacer algo por estos días. Los ojos que trabajan en estos días miran con desidia. El mundo parece detenerse un poco, se reacomodan los preparativos para la última celebración del año. Faltan cinco para las doce, abrazos y nuevo año.

Y por allá el seis de enero del nuevo año, llegarán los reyes magos con regalos al niño recién nacido. Pero no importa. Santa ya se encuentra descansando, bronceando su piel nórdica en alguna playa del caribe.

Imagen tomada de Bacteria, http://bacteriaopina.blogspot.com/

 

 

martes, 16 de diciembre de 2008

¿Es mejor ser empleado o propietario?

“Es mejor ser rico que pobre”                                                                                                              Antonio Cervantes, Kid Pambelé

Por estos días, como ya es habitual, afloran luces, villancicos, clausuras, festejos y vacaciones propios de la época decembrina. También, como es usual, afloran caras largas  diferencias y tensiones, entre trabajadores y empresarios, gremios y sindicatos, propietarios y empleados, congregados alrededor de la discusión del aumento anual del salario mínimo. Un mundo y un país, naturalmente, de patrones y obreros, producto de la lógica propia del ser humano, autoproclamada como igual pero manifestada como lo contrario. La inflación fue del 7,5%, los sindicatos piden el 14%, los empresarios llegan hasta el 6%. Una desigualdad de 8 puntos. Número que al voltearse se vuelve infinito.

La preocupación deriva de la sensación de que los sistemas y las instituciones cobran fuerza propia, refuerzan las desigualdades y niegan incluso condiciones mínimas, proyectando las diferencias fatídicas entre sobrevivir y vivir. Mientras para unos lo mínimo no está siquiera garantizado, para otros lo básico permite el acceso al disfrute. Unos cuidan casas de otros, quienes en ocasiones, como yo, son concientes del peso simbólico de la imagen del  portero que se pone de pie para abrir la puerta que da paso al edificio donde vivo.  

Todo parece confabularse para que unos posean, otros tantos produzcan y otros sirvan. Propietarios, productores, comerciantes y todos aquellos, ¿como la gran mayoría?, quienes ofrecen servicios. Nada malo hay en ello. Sin embargo, la profunda desigualdad que se observa desde un bus atestado, mojado y adormilado por la lluvia inclemente, ante un auto conducido por una única persona, no es una simple imagen urbana. Es evidencia de una situación que podría mejorarse un poco, ¿no?

Y henos aquí en Navidad. Tiempo de paz y reconciliación, dicen. De renovación, de buenas intenciones. Pero la paz y la reconciliación en Navidad suelen estar condicionadas por la máquina registradora y la renovación se suele dar en forma de regalos y empaques de utilidad efímera, condenados a la desgracia de ser basura o a la re dignificación del reciclaje.

El reciclaje anual es también justo y necesario. Familias se reúnen, compañeros departen y sentimientos se manifiestan. El colorido de luces, lleno de un simbolismo heredado sin aspavientos, en entornos tropicales adornados con la nieve desconocida, es señal de alegría y regocijo. La luz de la pólvora y los bombillos. La luz eléctrica que se aumenta y que trae en escena un calentamiento global que dice presente bajo una lluvia incesante, impertinente y saboteadora.

Acosado por la lluvia, he podido conversar con taxistas.  Los hay aquellos cuyo carro es propio, otros quienes deben pasar parte del producido al patrón. Según versiones entre cuarenta mil y setenta mil pesos diarios.

-¿Ha pensado en sacar carro propio?

-Pues sí, pero no, eso es muy bravo, no deja nada, prefiero así. Se daña algo y no es sino, “jefe que el bombillo, jefe que la batería, jefe que los impuestos, jefe que, jefe que, jefe que…”.

Sale caro. Lograr ser propietario, para algunos muchos, se ha convertido en la lucha de toda una vida. ¿O la vida de toda una lucha?

Por Nicolás Cárdenas Ángel / nicolas08@gmail.com

La Ñapa:

Voces, en ocasiones alejadas de los insultos y las agresiones vacías, se dejan ver en los comentarios a los artículos de prensa. A propósito, esta interesante propuesta en un foro del diario El Espectador:

“Y si mas bien introducen una ley de reduccion de la desigualdad que ponga topes maximos a los salarios (por ejemplo 25 salarios minimos) y que diga que cualquier salario debe ser multiplo del salario minimo. Asi a todos nos convendria que el salario minimo subiera. Y ni politicos, gerentes, o estrellas de la farandula podrian ganar los sueldos astronomicos que ganan sin que la gente pobre tambien mejorara su nivel de vida”.

Opinión por: elincognito, 9 Diciembre 2008 - 9:02am - El Espectador, diciembre 15, 2008

 Ilustración por Papeto, tomada de http://www.papetoons.blogspot.com/. 

domingo, 30 de noviembre de 2008

Amabilidad hostil: la confianza colombiana


DMG*: De Dios Mio Gracias a De Malas Guevones. Chiste popular sobre el verdadero significado de las siglas de la “comercializadora” DMG.

confianza. (De confiar). f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo.

Esperanza y confianza. Términos complementarios que suscitan toda clase de interrogantes a lo largo de la existencia propia, en tiempos que reportan el cansancio de la tierra, la pérdida de cordura del clima y  la extraordinaria (en sentido literal) realidad  colombiana. ¿Habrá agua suficiente en el futuro? ¿Es sostenible el ritmo de producción? ¿Qué hay de la llamada crisis mundial? ¿Será una mera ilusión el contraste de un negro en la Casa Blanca?

¿Veremos una Colombia sin guerra? ¿Con víctimas reparadas, con una reconciliación justa y bajo una verdadera equidad fraterna? Al menos y sin pelos, ¿seremos testigos de una Colombia distinta? ¿Un mundo? Sí, claro…

Llueve por la ventana y charlo con un taxista, quien preocupado recibe una llamada de su novia.

 “¿Qué es lo que hay qué hacer?...uy…yo había quedado de ayudarle a mi papá con una cosa…ya te llamo…”

Cuelga el celular y se retoma la conversación hacia nuevos aires, la confidencia inusual y cotidiana con el desconocido pasajero.

“Ah, qué problema… me pide que le lleve una camioneta a…cómo es que se llama…Puerto Gaitán, en los llanos, trabaja en un concesionario…no, que problema…la guerrilla, yo caer por allá, ¡no!, ¡qué tal!...qué tal me embale esta vieja…además mi papá es una vieja, una vaca orgullosa que no repite ternero… si cancelo pierdo el año…no, que tal que lleve algo en ese carro…no hermano, yo pagando por allá…además muy raro que nadie se la lleve…es como raro, ¿no?...ah, qué le digo…”

No se confía en ocasiones, ni de uno mismo, ni de la misma novia o de la propia amante, como nuestro confundidamente desconfiado taxista al volante.  Al salir a las calles de las ciudades colombianas, salgo con la ingenuidad de quien procura pasar el rato lo mejor posible y quien poco sospecha de los otros. Sin embargo, busco no dejarme joder. Así de sencillo. Estar atento. Mirar por aquí y por allá, proteger el bolsillo y asegurar el celular. Soy conciente que vivo en medio de una amabilidad hostil.

Pregunto en quien se confía y se asegura que en sí mismos, en los padres, la familia nuclear, algunos pocos amigos. “Pero al mejor de la familia, al mejor económicamente, muchos están viendo como coger…son los primeros…ni en la familia confío”, dice enfático otro taxista.

Y un baldado de agua fría a la confianza fue la que se llevaron los ahorradores de DMG. Los movió la confianza y por poco terminan bajo fianza. “A nadie le quedaron mal”, se dice aún. Y pensar, que se concibieron dimensiones paralelas donde David Murcia Guzmán (DMG) era poseedor de la fórmula mágica de reproducir dinero y fungía de adalid de los pobres frente al poder financiero. Un súper héroe de larga cabellera y sí, oscuro transitar. Pero estamos en la dimensión donde su fórmula parece ser un detergente que lavaba dinero, que apoyaba causas reeleccionistas y que ni siquiera tuvo la capacidad para escapar a las esposas. Tamaña decepción. 

¿Y vos en quien confías?

 La ñapa:

En Colombia, entre el invierno y las pirámides captadoras de dinero se viene dando la confabulación para que mucha gente pierda el techo. En Estados Unidos, un trabajador de Wal Mart es arrollado hacia la muerte por una multitud de compradores en el frenesí por las rebajas del Viernes Negro. Noticias que vienen y van.

 *DMG. Autodenominada comercializadora de bienes y servicios, que mediante el sistema de tarjetas prepago captaba dinero y ofrecía intereses de hasta el 300%. Recientemente fue intervenida por el gobierno, su líder fue detenido en Panamá y miles de “inversores” esperan conocer la suerte de sus ahorros.

Ilustración de Papeto, tomada de www.papetoons.blogspot.com

 

sábado, 22 de noviembre de 2008

Adoptada, desplazada y mestiza











¿Cómo decirlo? ¿Cómo confesarle, a un ser querido, que es querido pese a la ausencia de cualquier vínculo de sangre? ¿Cómo oficializar que eres familia, sin siquiera haberte concebido o engendrado? 
Lolita fue adoptada. De su pasado sólo se conoce que venía de una finca, junto con su madre y hermanos. Su padre ausente, símil del desplazamiento de familias colombianas huérfanas de padre y tierra, forzadas a padecer el asfalto urbano. Ella, la única muchacha de la camada. Lolita. 
El encuentro se dio en la Asociación Defensora de Animales (ADA), entre caballos rescatados de su conversión en zorras, de perros adultos en el limbo de la condena a no tener dueño y de jóvenes cachorros, ladradores ante la vida que recién empieza. 
Sus genes, los de Lolita, como el de todo desplazado, añoran el campo, la tierra y la corriente del río. Agitada, luego de una terapia de juego, correteo y escondidas, disfruta salpicar el agua de su plato. 
-No vayas a regar, sin chapotear me haces el favor. 
Brincan sus memorias escondidas en los charcos de la lluvia. 
Describir sus orígenes caninos, conduce a lo criollo, a lo mestizo, aquella referencia elocuentemente vaga y suficientemente concreta para describirnos a nosotros, los latinoamericanos, los colombianos. 
Que se le ve un cruce entre maltés y poodle, con poco del último por fortuna y sin pretender herir susceptibilidades señoritescas. Que le llaman schnauzer criollo, según el dictamen de un celador, con quien la conversación sólo fue posible gracias a ella.
Describir su gracia es como intentar señalar los atributos de una belleza resultado de los cruces sin designios que nos han marcado en medio del llanto de la risa y la agonía. 
-Lolita eres adoptada, pero también afortunada. Tienes tu propio zapato para satisfacer la comezón de tus encías en un país donde mucho andan descalzos pisando tierra ajena y con poco que morder.

martes, 11 de noviembre de 2008

Lolita teme la calle (¿quien no?)


-¿Salimos?

Silencio

-¿Vamos a la calle?

Silencio, acompañado de un giro de cabeza, ojos brillantes y tímidos chillidos.

-¿Salimos?

Gruñidos alegres en aumento.

-¡Vamos!

Mordiscos ofrecen resistencia a la puesta del collar. Manos que se embolsillan bolsa negra para recoger posibles desperdicios sólidos arrojados durante la salida.

Los chillidos dan paso a gruñidos confusos, que hasta sorprenden a su autora.

-Vamos…

El ascensor viene en camino, la puerta abierta y las patas se resisten a tomar el paso definitivo hacia el mundo exterior. Descenso y la emoción da paso a la angustia. Patas inquietas al aire, a manera de las manos de un infante quien busca refugio en brazos de su progenitor.

Asombro.

Un pito que suena y una blanca cabeza que gira.

Una puerta de carro se cierra.

Giro.

Un bus que se estaciona temporalmente mientras entrega la carga del día.

Otro giro.

Una colegial que corre rumbo al acogedor baño de su hogar.

Asombro.

Si no hay asombro, hay tensión.

No se disfrutan los olores, las marcas dejadas por otros colegas de especie. Tampoco se aprovecha para hacer lo propio. Ni siquiera se experimenta la necesidad de hacer necesidades. De hacerlo, el afán y la premura serían la constante, aun en pleno andén. Se rehúyen los encuentros.

Y halando la tiranía de la correa, se añora la calma casera.

-Muy bien, llegamos.

Jadeos y lengua dilatada, señales de una experiencia traumática.

Cómoda, sobre el sofá, se panea la vista sobre la ciudad.

Lolita sí disfruta la calle. Desde la ventana, a dos mil seiscientos metros y ocho pisos por encima del nivel mar.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Confianza policial: Busca en el agua y en los matorrales




“¿Y por qué es que se desaparecen?                                              Porque no todos somos iguales.”                        Desaparecidos, Rubén Blades

“Los niños se disfrazan para la ocasión y pasean por las calles pidiendo dulces de puerta en puerta”.          Halloween en Wikipedia 

Recién pasó el día de las brujas o el día de todos los Santos. Depende como se vea. La jornada de las brujas y de los atuendos que se hacen evidentes en un país que vive disfrazado. Con ministros de Guerra de apellido Santos.  

Recientemente, también, destituyeron a una veintena de militares implicados en actos sombríos sin poder apelar a que era por el Halloween. Hasta renunció el general Montoya, antes arropado con las dulces telas de las victorias militares. Quienes sucumbieron tentados ante posibilidades de trabajo, encontraron la muerte disfrazados de guerrilleros en combate, de falsos positivos y de recompensas en bolsillos camuflados. Disfrazados también, gracias a los titulares de prensa, pasarán a la historia como los desaparecidos de Soacha.

Hace tiempo ya, conversaba sobre la confianza que inspiran los camuflados oficiales, aquellos que deberían detentar el monopolio legítimo de las armas. ¿Alguna vez han sentido el brazo protector los cuerpos militares del Estado? Algunos nos declaramos huérfanos. Más allá de alguna información casual, la ubicación de la salida o de los baños, no tenemos recuerdo de una requisa amable o de un tierno empujón mientras se hace una fila.

Otros manifiestan sí haberlo sentido. Ella, en una ocasión, acompañando a un extranjero por las calles históricas del centro de la ciudad, recibió la ayuda de un par de policías, quienes amablemente los acompañaron en la ronda fotográfica. Incluso facilitaron la entrada a la Catedral Primada. Él, quien como funcionario de la procuraduría, departió alegremente en un almuerzo con militares y policías.

En ninguno de los dos casos eran ciudadanos del común. En uno, la acompañante de un extranjero, y en el otro, un funcionario público. He hablado con policías, con militares y uniformados, personas con necesidades y aficiones. No dudo que muchos cumplan su labor y que hasta tengan buenas intenciones. De qué los hay los hay. Sin embargo, me pregunto, ¿cuáles serían los resultados de una encuesta de opinión sobre la policía y el ejército, adalides de la política de seguridad democrática y cuyo prontuario se remonta siglos y palacios de justicia atrás?

El aura institucional de las fuerzas militares es un óxido que corroe cualquier posibilidad de confianza. Los héroes de la patria disfrazados de verdugos. ¿O verdugos disfrazados de héroes de la patria? Juzguen ustedes.


Adenda: En el cierre del Festival Rock Al Parque, realizado en el parque Simón Bolívar de Bogotá, el Sargento García de Francia, entonó la canción “Desaparecidos” de Rubén Blades. Como parte de una multitud bajo la lluvia y sobre el barro, ¿hacia dónde se debe dirigir la mirada?

Nicolás Cárdenas Ángel                                                                                nicolas08@gmail.com