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martes, 15 de junio de 2010

Still Surprised


viernes, 9 de abril de 2010

Kitchen Time: Long Take / Plano Secuencia

Class assignment consisting of creating a 5 minutes long take.

Tarea de clase que consistia en crear un plano secuencia de 5 minutos de duracion.



Kitchen Time - Long Take from Nicolas Cardenas on Vimeo.

Freedom Tunnel / Tunel de la Libertad

Imagenes sobre la visita al Freedom Tunnel, construido por Robert Moses en la decada de los 30. El tunel sirvio como hogar a personas de la calle en el pasado, hasta su expulsion en 1991. Es un sitio donde los artistas del grafiti se expresan entre sombras y trenes.

Visit to the Freedom Tunnel, the Amtrak tunnel under Riverside Park in Manhattan. Built by Robert Moses in the 1930´s, the tunnel used to be the home of different homeless people until they were evicted in 1991. It is a site where grafitti artists express themselves among the shadows and the trains.
03/19/2010



Freedom Tunnel from Nicolas Cardenas on Vimeo.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Lunch break

Lunch Break from Nicolas Cardenas on Vimeo.

viernes, 12 de febrero de 2010

Guante


A Jerome David Salinger

“The mark of the immature man is that he wants to die nobly for a cause, while the mark of the mature man is that he wants to live humbly for one”.

Wilhelm Stekel

No hay cosa más fácil que sentirse pequeño. Que digo pequeño, minúsculo. Más si como yo, se tuvo la experiencia de siempre ser bajito para la edad, de ser de los primeros en la fila del curso en el colegio y de en ocasiones recibir miradas de preocupación que en su interior parecían decir ¿será que se nos queda chaparrito el muchachito? Sin embargo esta es otra sensación que trasciende el tamaño físico de uno mismo. Se siente uno insignificante frente a las inclemencias del clima, frente a la naturaleza vegetal y animal, frente a las obras y las acciones humanas, frente al presente y al futuro.

En ocasiones, se siente uno como un guante abandonado en medio de un andén transitado.

Durante el invierno esa es una imagen más que común. Se observan guantes abandonados a su suerte, lejos de las manos que protegían del frío y lejos de su pareja guante. En medio del movimiento a su alrededor, su quietud parece decir “aquí estoy”. La esperanza para un guante perdido será encontrar una nueva mano que abrigar, conocer un nuevo guante con el cual hacer pareja o descansar con la condena de convertirse en basura por los azares de la vida. Por fortuna, tanto como para el guante perdido, como para el humano que en ocasiones se siente minúsculo, existe el tiempo y el movimiento.

Perdí un guante. Estuve a punto de perder otro. Luego de mucho recorrer y buscar, logré recuperarlo. Mientras sentía alivio al recuperarlo, supuse que tal vez para el guante no era tanto así. ¿Será que al recuperarlo corté sus alas de emancipación? Por fortuna, también, las cosas se pueden ver de muchas maneras.

De tantas maneras que hasta permiten sentirse como el otro. Tal como compartir el drama de la renta en Nueva York y servir de apoyo moral antes las dificultades. O como sentirse ligado y conectado a través de la literatura.

De camino a la casa, me entretengo con la lectura de Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno) por JD Salinger, recientemente fallecido. La historia de Holden Caulfield, expulsado del colegio y sumido en la desazón de la adolescencia y del absurdo de la vida, es capaz de conectar a más de uno. Al montarme en la línea 7 del metro, recibo miradas de un grupo de adolescentes. En la distancia escucho como comentan que leyeron el libro, que apenas lo recuerdan, pero que era bueno. Uno de ellos recuerda la historia, la describe como la narración de los tres días posteriores a cuando Holden fue expulsado y decide andar por Nueva York.

Hago el trasbordo obligatorio a la línea G, donde nuevamente recibo miradas, pero la lectura me atrapa. Al llegar a mi parada en la estación de Nassau, dos muchachas me comentan que es el mejor libro de la historia. “The best book in history”, comentan. Charlamos sobre la obra de Salinger, su rostro exhibe una sonrisa cuando les cuento que soy de Colombia y partimos camino con la emoción de compartir un momento breve entre extraños. Mientras escucho sus risas al partir, confirmo que aun a pesar de Salinger, soy pésimo a la hora de flirtear.

De camino a la casa, al bajarme del bus, un hombre gordo y de anteojos, cargado de paquetes, me comenta que lo leyó hace tiempo y que tiene ganas de volver a leerlo. “You should”, le comento, al confesarle que lo había leído en el colegio pero que a duras penas recordaba el titulo y el autor. La muerte de Salinger me pareció una excusa suficiente como para leerlo. Me confiesa que le encanta leer clásicos, ahora anda en la página 57 de Crimen y Castigo y me recomienda Catch 22 por Joseph Heller. Partimos camino y me grita desde la otra acera, “I tried reading Moby Dick, but it was too hard! Take it easy”.

En últimas todos somos guantes buscando dar y recibir abrigo de otras manos. A veces nos perdemos, a veces nos encontramos. Lo importante es saber que pese a la diferencia, todos parecemos andar en las mismas.

 

lunes, 8 de febrero de 2010

Astoria, Queens, NY

Static shots trying to capture movement.

Tomas fijas tratando de capturar movimiento.

martes, 1 de diciembre de 2009

Similar but different


To Marisa…

¿Where are you from? ¿Colombia? Ah…

Every time that someone asks me about my place of origin, and I obtain an “ah…” as an answer, I do not know what to really think. The answer brings some kind of stereotyped remark, that it is “similar but different”. And yes, that drugs and that coffee…

Similar because it is nothing more than another bastion of human life; different because coexistence it is not something that characterizes us Colombians. Then, one starts to inevitably think how despite the “end” of the colonial world and of the Cold War, the discourse of a “first” and “third” world, of a developed world and a developing one, still persists. None of them seem to be clear.

Being in the “first” world one supposes that everything works smoothly. And well, here they have huge public libraries, a public educational system and an astonishing infrastructure, yet deteriorated, and of course the massive access to the world of consumption. That is if you have how and with what to consume.

But not everything is like that. In numerous times, when I take the subway, it is under maintenance. When taking a bus, a two floor bus that is, one must wait for more than twenty minutes. In a subway wagon, a fat black woman with a cane argues with a miniature Pakistani looking woman. “No, you are a piece of shit”, one says to the other. Are we in Colombia? No. This, despite being the so called “first” world, is a world operated by humans, a world where rats (literally) walk as owners of the place.

One misses, no doubt, the informalities of the “developing” world. To haggle, to bargain. The minutes you can buy in any corner of any street to make cell phone calls. Stopping the bus where and when you like, even in the middle of the road. The chaos through which in theory we are in transit towards development (?).

Yet you can also observe differences. Manual work has a value in the “first” world. Here, many build there own houses, repair them and develop a craftsmanship in the middle of the economical needs that brings each season. In Colombia, on the contrary, it is assumed that the work of the plumber, the locksmith or the construction worker, is a work that is worth very few or almost nothing.

Over here, in the big apple, it is also possible to observe useless and repeated jobs, as having to guards sitting in the same desk or several people in charge of serving “food” in fast food restaurants. Maybe its purpose is to generate income and even more debt capacity.

And walking through the streets it surprises that this first world, so into organic food, still produces tons of garbage because of a consumption served in plastic, carton and paper wrappers. It also surprises the possibility of shopping just walking down the block and scouting the garbage: tv sets, stereos, couches, coffee machines, beds, mattresses, among others, all of them condemned to the garbage world due to the lack of a culture of repair and reuse.

Definitely, I do not know yet what to conclude. Maybe that this is one same world, with different colors and landscapes, in which it is now time to know what development brings with it, for good and for bad. A world where similar, yet different worlds coexist.

Similar pero distinto


A Camila…

¿Where are you from? ¿Colombia? Ah…

Cada vez que me preguntan por mi lugar de origen, y obtengo un “ah...” como respuesta, no sé muy bien qué pensar. La respuesta trae consigo una expresión que bordea la indiferencia y la sorpresa. “Ah…” Cuando el diálogo persiste, no encuentro otra salida sino manifestar en medio de todo estereotipo, que es “similar pero distinto”. Y que sí, que la droga y que el café…

Similar porque no es más que otro reducto de convivencia humana; distinto porque la convivencia no es algo que nos caracterice a los colombianos. Luego, entra uno inevitablemente a pensar cómo pese al “fin” del mundo colonial y de la guerra fría, persiste con fuerza el discurso de un primer y un tercer mundo, de un mundo desarrollado y un mundo en desarrollo. Lo uno, ni lo otro, resultan muy claros.

Estando en el primer mundo supone uno que todo funciona a las mil maravillas. Y bueno, se tienen grandes bibliotecas públicas, un sistema de educación público, una infraestructura imponente y en deterioro, y el acceso masivo al mundo del consumo. Siempre y cuando se tenga cómo y con qué.

Pero no es tan así. En repetidas ocasiones, al momento de tomar el metro, éste se encuentra en trabajos de reparación. Al tomar un bus, de dos pisos eso sí, toca esperar más de veinte minutos. En un vagón del metro se disfruta la pelea entra una mujer negra, gorda y con bastón, y una diminuta mujer de rasgos pakistaníes. “No, you are a piece of shit”, se recrimina la una a la otra. ¿Estamos en Colombia? No. Este, a pesar de ser el “primer mundo”, es aun un mundo operado por humanos, un mundo donde las ratas se pavonean como rata por su casa.

Se extrañan, eso sí, las informalidades del mundo “en desarrollo”. El regateo. Los minutos para llamar por celular en las esquinas. La parada del bus cuando y donde se quiere, así sea en mitad de la calle. El caos en el que en teoría vamos rumbo al desarrollo(?).

Pero también se observan diferencias. El trabajo manual vale en el “primer” mundo. De ahí que muchos construyan sus casas, le hagan mantenimiento y desarrollen el trabajo manual en medio de la necesidad económica que trae consigo cada temporada estacional. En Colombia, por el contrario, se asume que el trabajo del plomero, del cerrajero o del obrero, es un trabajo que poco o nada vale.

Por acá, en la gran manzana, también se observan trabajos inútiles y repetidos, como tener dos celadores sentados en un mismo escritorio o tener despachadores de comida rápida, que tan solo distribuyen la “comida” a los clientes. Tal vez sea con el objeto de generar poder adquisitivo y ante todo poder de endeudamiento…

Y al caminar por las calles sorprende que este “primer” mundo, tan abocado hacia la comida orgánica, aun produzca toneladas de basuras a partir de un consumo servido en envolturas de plástico, cartón y papel. También sorprende la posibilidad de hacer compras al pasearse durante el día que pasa el camión de la basura: televisores, equipos de sonido, sofás, cafeteras, camas, colchones, entre otros, todos condenados al mundo del basurero ante la falta de una cultura de la reparación y la reutilización.

En definitiva, aun no sabría muy bien que concluir. Tal vez que este mundo es uno solo, con colores y paisajes distintos, en donde ya va siendo hora de saber qué es lo que trae consigo el desarrollo, para bien y para mal. Un mundo donde conviven mundos similares, pero distintos.

domingo, 18 de octubre de 2009

A preguntas ingenuas sentido común


Llueve y hace frío. Aun así nada se detiene. También hace viento, mientras un grupo de personas hace fila para disfrutar el calor de una buena pizza. Sombras se desplazan en busca de refugio. Otras se acomodan al calor de su destino a bordo del auto. Algunos más se instalan en el metro o en buses, olvidan su espacio personal cuando la prisa, el frío y el sistema de metro en mantenimiento así lo exigen.

El ambiente ha cambiado. Este promete ser un invierno infernalmente frío. Los árboles aun se pavonean con asomos verdes, mientras los humanos evidencian la existencia de los otros a través del vapor que sale de sus bocas.

Tal vez por que la vida transcurre como una montaña rusa de obligaciones y ocupaciones, para no ceder terreno y perder el logro de estar en Nueva York, es que los bares suelen ser un lugar de conversación más que de baile. Alrededor de unos tragos, los amigos se ponen al día, hablarán de lo que comentaron durante la semana vía Facebook, del trabajo y el jefe, de los planes futuros, las memorias pasadas y las inversiones probables.

Resulta más fácil charlar con el portero, un ex policía quien cuenta la motivación de su vida. Cada tres meses, él, como parte de un grupo de 22 hombres viaja a República Dominicana. Está casado, reconoce, y dada su carrera como policía puede excusarse con su mujer, bajo la coartada de que debe viajar para recibir una nueva capacitación. Y no miente. Su motivación es visitar el paraíso femenino en República Dominicana, evadir el frío del invierno y ahogarse en la pasión paga. Ingenuamente indago si no le preocupa llegar a enamorarse de alguna dominicana y de forma práctica y contundente responde: “siempre quiero a alguien distinta, si quisiera lo mismo, iría donde mi esposa, ¿no?”. Trabaja para follar alocadamente en el Caribe, cosas de sentido común…

De camino a casa, conversamos con un taxista dominicano. Nos comparte la idea que le viene rondando desde que un amigo le comentó sobre la posibilidad de unirse a la reserva del ejército. Están buscando voluntarios en dado caso que el premio Nobel se siga traduciendo en más envío de tropas. La mayoría de voluntarios vienen siendo de origen hispano. Los ojos le brillan al decir que recibiría 22.000 dólares al año, algo como 1,000 dólares mensuales dicen sus cuentas, más un entrenamiento, algo diferente al del portero del bar. Es sincero y asegura que si eso le permite mantener a su familia, lo tomará. Nuevamente se asoma mi ingenuidad y le pregunto sobre su sensación al llegar a ser actor en una guerra: “Yo no tengo miedo, las guerras son negocio, y se hacen allá donde vive gente infeliz como yo…”

El sentido común de la sobrevivencia en el corazón del capitalismo…

domingo, 11 de octubre de 2009

¿Siesta neoyorquina?


Diversas estancias y recorridos por la Costa Norte colombiana me heredaron la adopción de expresiones coloquiales a veces no comprendidas en otros medios, así como una práctica que apropié con todo gusto: la siesta. Mientras se está en una gran ciudad cuyo clima no obliga a asumir que el medio día es el fin y el comienzo de una nueva jornada, una zona liminal que exige recargar energía, la siesta no resulta del todo fácil. Pero con mañas y a punta de costumbre, logré incorporar la siesta a mi rutina bogotana.

Ahora, enfrentado a una ciudad donde nada se detiene en ningún lugar ni momento, cuestiono la posibilidad de incorporar esta práctica en la Gran Manzana. En Nueva York nada se detiene. Se respira una aceleración productiva, creativa y consumidora desbordada. Es posible ver como la gente come mientras camina, lee mientras espera o trabaja mientras viaja en el metro. Para la muestra un botón: al tomar el metro veo como un joven sazona su bandeja de sushi mientras de pie espera el arribo del metro. Evidentemente el metro no sería el lugar más aconsejable para degustar unos rollitos de sushi, pero hay que ver lo que pasa en esta urbe arrasadora.

Y es en el metro donde más se evidencia esta aceleración constante, donde se empieza a sentir que el tiempo no alcanza para nada. Los sentidos humanos se extienden a través de la tecnología por lo que aquel que no está conectado a unos audífonos, a la lectura de un libro o a la interacción con un video juego, resulta un bicho raro. Valga aclarar que en el metro no entra la señal de celular, por lo que el acceso al mundo exterior está de cierta manera “restringido”.

En Colombia la gente puede escuchar música o leer un libro en el bus, pero acá es realmente la norma. Se sorprende uno por la cantidad de gente que lee en el metro y no hablo de leer el periódico del día, sino de volúmenes enteros de literatura, teoría y material de la más diversa índole. He visto personajes leyendo desde Naked Lunch de Burroghs, hasta volúmenes de Webber, libros de texto de ingeniería y como no libros de autoayuda, superación y del mismísimo Paulo Coehlo.

Aquel que no está extendiendo sus sentidos de manera conciente, lo hace de manera inconciente, a través del mundo de los sueños. Rostros que transmiten cansancio eterno y que permiten intuir historias de trabajo dedicado para alcanzar el sueño americano, cierran los ojos y parten a rumbos desconocidos. El metro es lugar de tránsito, descanso, trabajo, placer o mero ocio.

Se empieza a sentir el ritmo frenético del estilo de vida neoyorquino. Caminos que se cruzan y se pierden. En una esquina se observa gente departiendo unas cervezas de manera emocionada, mientras que en la siguiente un parque concurrido es punto de encuentro para ejercitar el cuerpo. Camino y pienso en la viabilidad o no de una siesta.

Nadie, ni nada se detiene y tal vez por eso comienza a surgir la necesidad de seguir esos pasos. “Time is money” se dice. Y se empieza a entender el porqué. Hoy era domingo. Y sin vergüenza ni resquemor alguno, tomé una siesta suculenta y provechosa. No será la norma, pero prácticas vitales como ésta son difíciles de abandonar aun si se está en la Gran Manzana.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Ojo colombiano en Nueva York

El colombiano que recién desembarca en Estados Unidos no puede dejar de pensar que ha llegado a un parque de diversiones gigante. En el aeropuerto de Atlanta, las terminales están conectadas por una especie de metro interno, añorado y planeado en Bogotá hasta la saciedad. Si un aeropuerto tiene metro y nuestra capital no, desde allí se pueden empezar a palpar las diferencias.

El oficial Hutchenson, moreno y de ojos aperezados, me dio la entrada al país en medio de un largo bostezo.




Ya en Nueva York, se siente uno en una Bogotá por millones. Millones de edificios, carros, metros, buses, casas y gente. Gente de todos los colores, las tendencias, las naciones. Esta Gran Manzana, compuesta por los cinco distritos (o boroughs en inglés) de Brooklyn, Queens, Manhattan, Bronx y Staten Island es escenario palpable de la tan mentada globalización.

Y en dicho escenario, por supuesto, no faltan los colombianos. Colombianos aquí y allá, varados y sobrados. Para empezar a existir en este sistema que no descansa, que abruma por el movimiento de todo, toca contar con una tarjeta débito o crédito, puertas plastificadas al mundo del consumo. Al abrir la cuenta de ahorros en el Citi Bank de la quinta avenida en Manhattan me entero que el manager es colombiano, un bogotano gordito y cachete colorado. En la universidad, una colombiana transmite amabilidad en la recepción a los estudiantes extranjeros. Poco a poco voy dándome cuenta que la mayoría de estudiantes latinoamericanos son colombianos. Lo que nosotros llamamos “rosca”, acá recibe el sofisticado nombre de networking y los colombianos no dejan de destacarse por su capacidad de echar pa´alante. ¿Qué será lo que tenemos?

Tampoco faltan los escenarios de polarización que se ven en Colombia. Los sectarismos y diferencias de los movimientos sociales. El discurso totalizador del gobierno. En Grand Central Station, estación de metro y tren, el gobierno colombiano ubicó la campaña “Colombia es Pasión”. Esculturas de los corazones, con una estética entre rococó y traquetó, tratan de destacar aquello que recuerdan los extranjeros que han visitado Colombia. Café y foto gratis con Juan Valdez. Todos los estereotipos que pueden ayudar a mejorar la “imagen” de Colombia, desde Gabo hasta Angela Patricia Janiot. “Se trata de cambiar el script”, “que no hayan más películas como el inicio del Señor y la Señora Smith, que afecten nuestra imagen”, nos explica Saúl, encargado de las alianzas estratégicas. Un voluntario paisa, quien confiesa que se levantó a punta de ser “dish washer”, reconoce que no está al tanto de los pormenores de la campaña, pero que siente que le permite “aportar un granito de arena a su país, ¿o es que ustedes se van a ir al monte? ¿Cuál es la alternativa?”








A pocas cuadras, unos pocos manifestantes se ubican afuera del lugar donde se reúne el presidente Alvaro Uribe. Un activista norteamericano explica que protesta por Uribe y el Tratado de Libre Comercio, que va a afectar la amazonía colombiana. Dentro de sus causas también están las acciones de la Chevron en el mundo. Lo acompañan un grupo reducido de colombianos, que apela a los ya improductivos argumentos de decir que Uribe es paramilitar, narcotraficante y que su asesor es primo de Pablo Escobar. Efectivamente hay mucho por qué protestar, tal vez faltan unos argumentos más sólidos para hacerlo.

Como colombiano en Nueva York lo que surgen son reflexiones sobre lo colombiano. Un ser que para bien o para mal se abre camino. Y un país preocupado por mejorar su imagen, indudablemente afectada no por arte de magia sino por la realidad. Entonces el debate, como se lo planteaba al voluntario paisa era: ¿imagen o realidad? ¿A qué le apostamos?

“Esa es la pregunta del millón”, fue su respuesta.